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expresiÓn en la memoria del crucificado

El carisma es como una semilla que se entrega a la tierra y madura en frutos «según su especie» con la generosidad de la tierra. Semilla y tierra se necesitan mutuamente para el fruto. El carisma es como la luz que traspasa una vidriera y florece en cada cristal, según su propio color.
El carisma de la Familia Pasionista se expresa en la Memoria del Crucificado.
Dicho así poco significa. Sin embargo, esa memoria guarda la verdad de la fe cristiana y la verdad del hombre y de Dios. Esta memoria recuerda que no hay más dios que el Dios que se entrega al hombre; ni hay más hombre de verdad que el que vive y se desvive por los demás.
La Memoria del Crucificado no es ingenua: preserva de toda corrupción el lenguaje sobre el hombre y sobre Dios y el culto cristiano. En esta memoria el hombre se siente amado de Dios, y recupera y libera lo mejor de sí mismo para la entrega: la cruz ya no irradia soledad, desesperación o noche; su última palabra es luz, apunta a un amanecer y despierta la esperanza.

Llevar la cruz de otro

La historia del Crucificado-Resucitado es el aval de un cristiano, ahí nace su fe. Un no creyente puede advertir también que, cuando un hombre lleva la cruz de otro hombre, se está alumbrando ya una resurrección, y que, donde nadie lleva la cruz de nadie -por olvido, egoísmo o desinterés-, la soledad nos invade y el mundo se deshumaniza.
San Pablo de la Cruz dejó a los pasionistas algo más que una frase piadosa, cuando repetía: «la Pasión de Jesucristo esté siempre grabada en vuestros corazones». Insistía convencido: «los males de la iglesia y de su tiempo tienen su raíz en el olvido del Crucificado». Como remedio nos apremió a mantener viva en nosotros y en el pueblo la memoria de la Pasión. Toda su vida la dedicó a proclamar el «Evangelio de la Cruz» a los pobres, el evangelio de la vida.
La Memoria del Crucificado, alimentada en la contemplación orante, mantiene viva la causa de la muerte del Hijo del Hombre: Cristo murió porque los hombres matan. Pero, decir esto no es decir todo: Cristo ha muerto libre y amorosamente, porque se echó al corazón y a los hombros la cruz del hombre.
La Memoria del Crucificado genera así el ethos cristiano: revelar el rostro de Dios y del hombre nuevo en la propia entrega. La tierra en que crece el carisma pasionista es la contemplación y solidaridad con el Crucificado, que nos remite a los crucificados de la tierra, y viceversa.
De esta memoria y con este carisma ha nacido la Familia Pasionista. Y, si el carisma lleva la fuerza generatriz y vivificante de la semilla, madura en frutos. Los frutos revelan la clase de carisma que anima a una Congregación religiosa.

La familia pasionista, en más de 50 países

El árbol nacido del carisma pasionista ha echado muchas ramas; hoy es una familia de hombres y mujeres, religiosos, religiosas y laicos dando frutos en los cinco continentes, en más de 50 naciones. Y ahí están las obras, generando resurrección y vida nueva. Que si la Cruz no genera resurrección y vida, se ha falseado su memoria.
Si podemos apreciar que todas las Congregaciones religiosas están comprometidas con los marginados, es porque todas han nacido de la Cruz. Aquel hombre o aquella mujer, que son los Fundadores, llevaban dentro el Espíritu de Dios que un día se reveló así: «he visto el dolor de mi pueblo, he escuchado el gemido de mi pueblo y estoy dispuesto a liberarle».
El carisma pasionista es mantener viva esta memoria del Dios que ve, que oye y se hace hombre en su Hijo, para vivir entregado al hombre hasta su muerte, que fue la muerte de un crucificado.
Es más fácil de lo que se piensa -y la historia es testigo- perder esta memoria entre los mismos que veneran la cruz. Si se olvida o se corrompe esta memoria, todas las corrupciones teológicas son posibles. Y, aunque no se quiera reconocer, nuestra manera de hablar o no hablar de Dios, o hablar de una u otra manera, esta generando ya un tipo de hombre. No es un asunto de poca monta para el hombre hablar de Dios y cómo. Decir que Dios existe es decir nada; lo que importa es la imagen que expresamos con nuestro decir (con obras y palabras), por ejemplo, ¿qué Dios mostramos, el de una piedad intimista o el que nos llama a construir su Reino de verdad de Justicia y de amor?
Hablar de progreso o de grandezas del hombre es igualmente decir nada, mientras no digamos de qué tipo de hombre se trata y de qué grandezas: del que entrega su vida en favor de sus hermanos, o del que se la quita a otros para vivir él. La memoria del crucificado mantiene viva la causa de hombre, que en definitiva es la causa de Dios. Porque su gloria, como la de una madre, es que sus hijos vivan y se quieran.

Estilo de vida humilde

El carisma de nuestras comunidades pasionistas hoy lo traducimos así: «revitalizados por la Memoria del Crucificado y desafiados por los crucificados de hoy, nos disponemos a una permanente conversión personal y comunitaria, mediante la fidelidad a la oración, un estilo de vida sencillo y pobre y una búsqueda constante del diálogo y el discernimiento, para ser signos creíbles del Reino y testigos de Dios, que reivindica la dignidad de la persona humana y el respeto de la creación».
El carisma comienza por transformarnos a nosotros, pasionistas, con aquella «sabiduría de la cruz», escándalo para los humanistas que ponen el ideal del hombre en el Poder, el Tener y el Saber, para dominar al hombre y a los pueblos. Por eso la Memoria de la Cruz lleva el signo de una contracultura para el hombre y los pueblos -religiosos o no- que aspiran a dominar. La Memoria de la Cruz está en el núcleo de la «cultura de la vida». Es una memoria resucitadora.
Pero la verdad última de un carisma no se dice con palabras; se manifiesta en las obras. Las palabras y declaraciones pueden acaparar toda la savia de una carisma y dejarlo estéril de frutos (parábola de la higuera frondosa, pero sin higos). «Por los frutos los conoceréis», nos decía el Maestro.

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